Lecciones inesperadas de Ciudad Universitaria y su reserva ecológica 
Peter Krieger

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Doctor en historia del arte. Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas y profesor del CIEP, UNAM.

Krieger, P. 2008. Lecciones inesperadas de Ciudad Universitaria y su reserva ecológica. Bitácora Arquitectura -(18):46-49. (http://www.revistas.unam.mx/index.php/bitacora/article/view/26213)


Ciudad Universitaria es un oasis verde de la zona metropolitana del Valle de México. A vista de pájaro revela su carácter compensatorio en la megalópolis congestionada y contaminada. Experiencias terrestres, como las del peatón, ciclista o automovilista, confirman esa función ecológica y estética: casi en ningún otro lugar se despliegan panoramas abiertos de un paisaje delicadamente compuesto y equilibrado entre espacios verdes y construcciones con valor escenográfico-escultural. 

No solo por su calidad como patrimonio cultural de la humanidad, Ciudad Universitaria merece gran atención y sutil protección. Existen peligros, por mencionar sólo uno: en sus bordes choca con otra concepción espacial, la del desarrollo urbano comercial, donde rige la anarquía conflictiva de los inversionistas -materializada en los rascacielos de la avenida Insurgentes- y el desorden denso de las autoconstrucciones -en la colonia Santo Domingo-, ambas con parámetros completamente opuestos a Ciudad Universitaria. Frente al cerco de esta macrocontextualidad hiperurbana, la Universidad se perfila como isla de la cultura urbana en un contexto salvaje.

El autor revalora la planificación urbana de Ciudad Universitaria frente a la presión especulativa en sus bordes a la vez que la propone como campo de pruebas para un urbanismo sustentable

Irónicamente, ya en sus inicios, cuando en 1943 el Estado compró los terrenos para la Universidad Nacional Autónoma de México en las afueras de la ciudad, ésta se distinguió de un paisaje "salvaje" -en aquellos tiempos de una zona natural, aparentemente hostil, de piedra volcánica, vegetación dura y fauna silvestre-. Gracias al efecto cinegético de la planeación contemporánea del cercano Pedregal por parte de Luis Barragán, Max Cetto y otros, se "cultivo" también esa zona del sur de la Ciudad de México.

Existe suficiente consenso, además la obligación con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), de preservar a Ciudad Universitaria con su inherente valor civil y cultural versus las zonas comerciales en plena y continua decadencia estética y ambiental. Considero que también los orígenes naturales de ese paisaje merecen una revisión cuidadosa y una revitalización inteligente, contramodelo al "salvajismo" del desarrollo urbano reciente, como elemento complementario al documento espacial histórico-artístico protegido, que es el campus central de Ciudad Universitaria. La UNESCO reconoció en un largo proceso de evaluación, que este es un paisajismo moderno donde amplias extensiones de césped recortado y la plantación ornamental de los árboles crean contraste visual con los volúmenes claros y abstractos de los edificios.

El césped aparece como una alfombra verde gigantesca, y a pesar del hecho sociocultural de que sirve en la vida cotidiana para jugar fútbol y el acercamiento amoroso entre los universitarios, refleja cierta calidad estética del jardín inglés pintoresco; además, tiene la connotación del césped cortado a la manera burguesa estadounidense, zona con fuerte carga ideológica1. Ambas referencias históricas, y sus codificaciones relacionadas, cuentan con una larga tradición cultural en el paisajismo; no obstante, desde parámetros ecológicos son caducas: el espacio requiere irrigación continua, y no se adecua al ecosistema especifico del Pedregal puesto que cada corte destruye la autopoeisis (del griego auto-poien: auto-producir, designa el proceso por el que un sistema se autoproduce y reproduce) diversa y sustentable a microescala de insectos, así como presuntamente las "malas" hierbas.

Incluso, por su iconografía política, el césped cortado ya no parece apropiado como concepto paisajístico, menos aun para una universidad que cultiva la libertad de pensamiento. Según un tópico antiguo, existe un analogon entre el libre crecimiento de la vegetación y la libertad de los ciudadanos2; es decir que el corte del césped virtualmente representa la represión política de los seres humanos; de hecho, el césped suburbano estadounidense, al igual que las zonas verdes intocables alrededor de las sedes corporativas en la edge city Santa Fe, financiadas por Coca Cola, Televisa y otras megaempresas, comprueba esta interpretación político-simbólica.

Aunque monumento histórico-artístico sobresaliente a nivel mundial, el paisajismo de Ciudad Universitaria ya no es modelo para futuras estrategias y propuestas de planeación verde. Igual que el jardín francés, con su clara codificación política del absolutismo, permanece como esquema mental de los arquitectos y paisajistas -en México con su último clímax durante el uruchurtismo en la Ciudad de México-, también el paisaje moderno como l0 representa la Universidad, está todavía presente en innumerables jardines residenciales a campos de golf.

Consciente de la muy obvia no sustentabilidad ambiental del césped ornamental como medio para diseñar el paisaje, estoy convencido de que la misma universidad es el lugar idóneo para un proceso de reflexión sobre alternativas paisajísticas actuales, estrategias para revitalizar, en pequeños pasos, con acciones modestas, el ecosistema de una megalópolis en grave crisis ambiental. No sólo por la inteligencia acumulada en sus institutos, facultades y centros, sino porque Ciudad Universitaria contiene una reserva ecológica que es también de ideas e inspiraciones no exploradas completamente. 

La llamada "reserva ecológica" es un ecosistema de gran riqueza biológica y estética. Sus terrenos son aptos para estudios de complejidad ambiental, además de la comprensión de la belleza no planeada, autopoiética de la vegetación silvestre, para descubrir pistas que permitan un nuevo paisajismo más allá de sus fijaciones convencionales, precisamente las ornamentales y comerciales. 

Por el momento, no pretendo elaborar un concepto completo, ni una "metodología" sofisticada de un nuevo paisajismo ecoestético, sino primero conviene reanimar la antigua técnica de la contemplación del paisaje. Equiparse con la herencia intelectual de Alexander von Humboldt, quien reveló las facetas científicas y estéticas de los paisajes estudiados, con base en las más recientes investigaciones sobre la complejidad de los ecosistemas, y contando también con una capacitada sensibilidad visual, es posible generar introspecciones estimulantes sobre nuestro hábitat: el espacio de la Universidad. La reserva ecológica como parte esencial de Ciudad Universitaria proporciona conocimientos sobre los procesos autónomos y plurifacéticos del crecimiento, en contraste con las zonas del césped recortado donde se disminuye considerablemente la biodiversidad.

Surge de la observación sensible y de la contemplación profunda del paisaje no planeado un cuestionamiento de la rutina del diseño paisajístico, siempre y cuando el observador sea capaz de superar su fijación cultural en la imagen de la naturaleza ornamental, controlada -representada por el césped- , hacia una revaloración del libre crecimiento de las plantas, especie de nueva configuración de la belleza. Tal vez la estética autónoma de la vegetación en la reserva ecológica inspire un cambio paradigmático del paisajismo: ver en el libre desarrollo de las plantas no una amenaza para un concepto cultural establecido, sino punto de partida para la redefinición del paisaje de la megalópolis.

Conocemos el brote anárquico de la arquitectura comercial que se acerca cada vez más a Ciudad Universitaria; todavía no conocemos suficientemente el crecimiento libre de la vegetación, como contramodelo al fracaso de planeación y desarrollo no sustentable de la urbe. ¿Por qué no expandir la reserva ecológica, fomentar la reconquista de una flora y fauna características del Pedregal, en lugar de permitir cada vez más la invasión descontrolada de asfalto y concreto armada en el paisaje? ¿Por qué no promover un paisajismo ambiental libre, que no reprima la fuerza de la vegetación, sino que la aproveche para generar nuevas configuraciones ecoestéticas? Un paisajismo que potencie las zonas verdes, que contraste los productos de la presunta civilización, edificios altos y ejes viales.

Existe ya un modelo para tal cambio mental de la planeación verde en las ciudades. En otoño de 2006, el Canadian Centre for Architecture en Montreal3 expuso la obra del ingeniero ambiental Gilles Clément (junto al arquitecto ambiental Philippe Rahm) con el lema "Medio ambiente: acercamientos al mañana"4, Clément exigió a sus colegas paisajistas-arquitectos la reanimación de la "sabiduría del jardinero", quien primero observa los paisajes para encontrar en ellos riqueza natural digna de estudiar, la cual proporciona criterios de intervención sutil. Aún los territorios verdes olvidados, 0 los espacios contaminados por basura revelan principios y características de la relación entre hombre y naturaleza. Posteriormente, todos los datos empíricos sirven como diagrama de valores que indican los puntos clave para la planeación paisajística; es decir ¿qué tendencias en el desarrollo del microespacio son dignas de impulsarse? Si existen abusos como convertir un espacio verde en basurero, ¿a qué se debe y como funcionaría una contraestrategia educativa, lúdica?

Con las informaciones y evaluaciones in situ, Clément inició un proceso de diseño complejo del paisaje, que rescata y fomenta sus características sobresalientes. Ese habitus mental es una clara crítica y negación de la actitud del arquitecto-paisajista, tan demiurgo como autista, que niega el suave tejido existente del ecosistema para implantar de manera unidimensional sus propuestas cosméticas en aras de "mejorar" el paisaje. Clément descarta la tabula rasa en la planeación verde como actitud inmadura y no sustentable.

Seguramente esta hipótesis causa rechazo en aquellos arquitectos-paisajistas bien arraigados en una exitosa rutina profesional; pero más allá de la negación, vale la pena reflexionar sobre modelos de mayor sensibilidad y modestia del paisajismo, como los que inspira Gilles Clément, que provienen del oficio de jardinero, quien no crea formas eternas, sino pretende generar fascinación perdurable. He aquí una inspiración fructífera para analizar la reserva ecológica de Ciudad Universitaria.

Frente a la finitud de los recursos naturales en el planeta, conviene extender las reservas ecológicas en las ciudades, retomar sus principios de autoorganización, reconocerlas por su calidad estética e integrarlas en el oficio de la arquitectura de paisaje. Esta propuesta es una invitación a la reflexión y no una metodología aplicable. También es necesario advertir que la creación de reservas - y su expansión deseada- no significa "regresar a la naturaleza". Ella no existe como entidad autónoma, arcaica, sino es una construcción del ser humano en su tiempo y su cultura. Lo que nos toca hoy, como sobrevivientes en megaciudades altamente contaminadas y hostiles, es generar un cambio paradigmático.

El laboratorio de ideas que ofrece la Universidad para estos fines requiere territorios de experimentación; su reserva ecológica es uno de ellos. Lugares para sondear la dimensión empírica de la investigación, la cual por medio de una educación ecoestética contribuya a generar una apertura mental para la práctica de la arquitectura del paisaje, donde se encuentran los principios de otras ocupaciones del espacio urbano.

Eso significa no sólo celebrar la merecida designación de patrimonio cultural de la humanidad, sino investigar en espacios aparentemente marginales, y desde ahí generar conceptos productivos en el universo fascinante de los conocimientos ambientales. Ciudad Universitaria no solo es infraestructura funcional para la educación superior; sus modelos espaciales abiertos, libres y complejos virtualmente retroalimentan la creatividad intelectual de los universitarios, por lo menos de aquellos que se exponen a las lecciones inesperadas del sitio.

Para los estudiantes y maestros en arquitectura y paisajismo, es algo más. Mientras los arquitectos posmodernos se especializaron en Aprendiendo de Las Vegas, las nuevas generaciones comprometidas con el freno al ecocidio del planeta, podrían "aprender" algo por medio de la contemplación de la reserva ecológica de Ciudad Universitaria.

Finalmente, reitero que este texto no pretende desarrollar una nueva "teoría" del paisajismo, sino inspirar reflexiones sobre caminos alternativos de la planeación hacia la utopía concreta de la ciudad sustentable, que toma en cuenta un postulado de la cibernética (según Heinz von Foerster): observar los valores inherentes del ambiente y fortalecer su carácter en la intervención.

 

Notas

1. Según la investigación de Beatriz Colomina, “The Lawn at War: 1941-1961” en Georges Teyssot (ed.), The American Lawn, Nueva York; Princenton Architectural Press, en colaboración con el CCA. Montreal, 1999, pp. 135-153, existió (y tal vez todavía existe) una fuerte codificación política del césped frente a la casa burguesa suburbana: el vecino que no cortó regularmente y estrictamente su césped fue denunciado casi como anarquista.
2. Véase Marin Warnke, Political Landscape: The Art History of Nature, Cambridge, Mass, Harvard UP, 1996 y Peter Krieger. “Disnea, cómo se asfixia la ciudad”, en Revista de la Universidad de México, núm. 624, junio de 2003, pp. 80-82.
3. Véase Peter Krieger, “Canadian Centre for Architecture, idea, ética y proyectos”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, núm. 85, 2004, pp. 167-189.
4. Gilles Clément y Philippe Rahm, Environ(ne)ment. Manières d’agir pour demain/approaches for tomorrow, editado por Giovanna Borasi. Milano. Skira/CCA, 2006. El arquitecto suizo Philippe Rahm reclama las condiciones microclimáticas como parámetro clave del diseño arquitectónico, expresado en inglés como form and function follow climate.
 
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